Entre las formas de respeto que deben fomentarse en el muchacho no hay que omitir una muy
importante: el respeto a sí mismo, o sea la dignidad personal en su aspecto más elevado.
Esto también puede inculcársele mediante el estudio de la naturaleza, como paso inicial. Puede
estudiarse la anatomía de plantas, aves y mariscos, mostrando la perfección de la obra del
Creador. De manera similar el niño puede estudiar su propia anatomía: el esqueleto, los músculos,
nervios y tendones; la circulación de la sangre, la respiración, el cerebro, centro regulador de las
acciones; todo ello repetido hasta en su más mínimo detalle en millones de seres y sin embargo
diferente en todos, como las facciones y huellas digitales. Despiértese en el niño la idea de que se
le ha dado un cuerpo constituido maravillosamente para que lo desarrolle como templo y obra
exclusiva de Dios; y que ese cuerpo está materialmente capacitado para efectuar buenas obras y
acciones, si se le guía con el recto sentido del deber y la caballerosidad, es decir, con una alta
finalidad moral.
Esto es lo que engendra el respeto a sí mismo.
Por supuesto que esta norma de conducta no debe predicársele abandonándola después para que
fructifique por sí sola. El Jefe de Tropa debe infundirla durante todo el tiempo que el chico pasa
bajo su guía. Y una forma especial de fomentarla es asignándole responsabilidad, confiando en él
como en un ser honorable que cumple con sus deberes a conciencia, y tratándolo con respeto y
consideración, pero sin despertarle la vanidad.
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